ASA me ha devuelto la alegría

Me llamo Consuelo. Hace unos años mi marido sufrió un ictus repentino. Lo ingresamos, y a los pocos días fallecía en la Ciudad Sanitaria Virgen del Rocío.

Llevábamos cuarenta años de matrimonio, y nunca habíamos tenido una discusión.

No tuvimos hijos. El cariño que les queríamos haber dado lo volcamos el uno con el otro.

Manolo era anticuario y tenía que viajar mucho. Siempre intentaba que lo acompañara y estaba pendiente de mis menores gustos. Yo no podía viajar siempre, porque trabajaba también. Pero cuando era posible lo hacía, y disfrutábamos mucho. Más aún ahora que ya estaba jubilada.

Yo a mi vez, procuraba estar siempre arreglada en casa, por cansada que estuviera, porque a él le gustaba, y lo agradecía, preparaba las comidas que le gustaban más… En fin, éramos felices.

Cuando enviudé pareció que el mundo se  hundía alrededor. Perdí la alegría, enfocaba todos los acontecimientos con pesimismo; dejé de tener ilusión por hacer croché, regar las plantas y los demás hobbies que tenía.

En esta situación, no sé bien como, llegó a mi casa una publicación de ASA, en la que aparecía una conocida mía y  me gustó leer lo bien que actuaban esas personas para que no se encontrara sola, como yo entonces.

Busqué el teléfono de la ONG y llamé. Me invitaron a acudir a la sede, bastante cerca de mi casa.

Allí me recibió Alicia, una de las responsables de la Asociación. Me escuchó con tanto interés y cariño que me emocioné. Me dijo que buscaría una persona que fuera a hacerme compañía algunos ratos, que es el fin de ASA.

Así es como conocí a Rosa, una señora casada, que ahora es una gran amiga. Tiene tres hijas también ya casadas, y una enorme vitalidad.

Las primeras veces que vino solo le contaba cosas tristes y problemas de salud. Ella me escuchaba pacientemente, pero también me hacía reír y me ayudaba a enfocar lo que le contaba con optimismo.

Poco a poco fue logrando que dejara de contar penas. Hablábamos de los “chismes” que veía en  televisión. Me hacía salir a pasear un rato y al final tomábamos un café, o cualquier cosa. Viene a verme al menos dos días por semana.

Al cabo de estos tres años me he dado cuenta de que Rosa me ha devuelto las ganas de vivir. He vuelto a hacer croché, a cuidar las plantas…

Si alguna semana Rosa no puede venir por el motivo que sea, me llama varias veces. O, al revés, la llamo yo, porque me insiste en que lo haga.

He ido varias veces a ASA a agradecer la estupenda voluntaria que han escogido para mí.

También para agradecer los detalles que tienen conmigo, como el enviarme una cesta de Navidad.

Sinceramente, estoy muy agradecida a ASA.

 

 

 

 

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